EXAMES SETEMBRO

XOVES,1 SETEMBO:

13h a 14:30……1º ESO/PENDENTES 1º ESO

18h a 19;30……4º ESO/1º BACHARELATO DIURNO

 

VENRES,2 SETEMBRO

15:30 h a 17h……1º BACHARELATO NOCTURNO

 

LUNS,5 SETEMBRO

13H A 14:30H….2º ESO/PENDENTES 2º ESO

 

MARTES,6 SETEMBRO

11:30 A 13H….3º ESO/PENDENTES 3º ESO

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Bailaches Carolina? Bailei si señor….

y sí…. Carolina bailo sobre la pista de Rio centro, y se convirtió en la” reina de la pista”.

Carolina Marín, a gritos hasta el oro

En Asia es como Cristiano Ronaldo o Messi, un ídolo. Suele aparecer como imagen en los carteles de las competiciones porque su figura es un reclamo. “En Indonesia, por ejemplo, aunque tengo el hotel al lado del pabellón cojo un taxi porque si no es imposible entrar, no paran de pedirme autógrafos y fotos. Para mí es un orgullo y una motivación”, dice. En la última visita del Ministro de Deportes de Indonesia a España, Roy Suryo Notodiprojo prefirió conocer a Carolina antes que visitar el Santiago Bernabéu y como regalo se llevó un póster de la onubense firmado por ella. En Indonesia, un país de más de 240 millones de habitantes, el bádminton es el deporte rey.

En España, hasta hace un par de años, nadie la conocía. Ahora es habitual que la reconozcan por la calle y a ella le hace ilusión. “Me siento extraña porque no estoy acostumbrada a que me pase en mi país pero la verdad es que me siento muy orgullosa”, dice.

Poco podía imaginar cuando cogió por primera vez una raqueta y un volante que algún día sería la reina de un deporte que en España, hasta su irrupción, la gente sólo conocía porque se jugaba en los colegios y en la playa. “Y sin embargo es el deporte de raqueta en el que se alcanza mayor velocidad, 135 metros por segundo”, explica Fernando Rivas, su mentor desde hace nueve años.

“Puedo porque pienso que puedo” es su lema.

Carolina Marín ha conquistado un enclave, que parecía impensable para el deporte europeo fuera de Dinamarca, probablemente el país donde el bádminton es más profesional, y el único que ha invadido asiduamente el triángulo que forman China, Indonesia y Corea.

“fuera la de la pista soy normal, pero dentro soy una leona”. Lo he recordado estos días viendo sus gestos, su rabia, su modo fanático de entregarse, sus gritos para comer la moral de la adversaria. He recordado también lo que hace poco dijo su entrenador, Fernando Rivas, sobre la dureza de sus entrenamientos. “A mi hija no le haría pasar por esto”.

Trabajo, trabajo y trabajo, así ha llegado al oro. Era una bailona, nos dijo, y un día vio bádminton y se fascinó. Desde entonces, todo trabajo es poco para ella. Y cuando juega, la dulce chiquilla de ojos tiernos y suave acento onubense se convierte en una fiera corrupia. Es notable cómo ha llegado a dominar este deporte, cómo avasalla a las rivales de Oriente, la región de la tierra que tenía la exclusiva del bádminton. Ella, nacida en el Extremo Occidente, en Huelva, por ahí por donde salieron los barcos de Colón a buscar las Indias en la dirección por la que se pone el sol, se ha hecho la dueña del cotarro.

No fue fácil abandonar su casa en Huelva, su familia, sus amigos, el placentero microcosmos andaluz. Dedicar la vida a perseguir el oro. A ser la mejor del mundo en un mundo extraño. A ocuparse de la raqueta y las plumas hasta la obsesión. A abrir camino en lo desconocido. A machacarse con pesas. A entrenar con hombres que le lanzaban el proyectil a más de 350 kilómetros por hora en sesiones que duplicaban los tiempos de los partidos y que perseguían lograr su respuesta cuando los músculos se paralizan por el ácido láctico. “En ese momento”, recordó Carolina, “me vinieron a la cabeza los meses infernales por los que he pasado para conseguir el sueño que tuve desde los 14 años cuando entré al Centro de Alto Rendimiento de Madrid. Me acordé de todo lo que he llorado y sufrido en esos entrenamientos”.

La tarde que se perdía en Huelva una bailarina profesional de flamenco el deporte español ganaba un proyecto de campeona. Carolina Marín coronó en Río su extraordinaria aventura, casi de locos. Reina flamenca del bádminton mundial, pionera en un país sin tradición, referente en una especialidad prime time en el universo asiático. Los oros olímpicos habían sido hasta ahora todos, sin excepción, de dueñas orientales. Norma rota por una andaluza espigada, de ojos oscuros y vivos como el volante que hace mover a 300 kilómetros por hora. Arriba y abajo, adelante y atrás. Cortito en la red si es necesario o en la última esquina de la cancha. Una jugadora revolucionaria en un mundo nuevo para el público que el viernes en España aliviaba los calores de agosto ante la televisión.

Como SantanaBallesteros Alonso, en modalidades más conocidas que el bádminton, pero con escasa atención también en su momento, Carolina Marín hace cima tras un tortuoso proceso de entrenamiento. «Fue infernal», definía sus últimos meses camino de Brasil. Porque su logro no es fruto de la casualidad sino de un minucioso programa trazado con su equipo de trabajo, donde se ha ensayado cada detalle de la alta competición, desde las declaraciones a la prensa hasta la psicología de las rivales o los jueces. plan ambicioso y tecnificado, de secretos sin desvelar aún para no dar pistas al enemigo. Una campeona de laboratorio que el viernes se saltó el guión previsto por su entrenador. Desmelenada, más humana que robot esta vez, supo sufrir, remontar y acabar dominando con suficiencia (19-21, 21-12, 21-15) un partido que comenzó perdiendo entre nervios y buenas respuestas de su adversaria, la india Sindhu Pusarla, décima del ranking.

Carolina Marín conquista el sexto oro de Río 2016

El volante es al bádminton lo que la bola al tenis. El proyectil que da sentido al juego. Compuesto por un núcleo cónico al que se adhieren dieciséis plumas que lo estabilizan en el aire, se trata de un artefacto delicado. Antes de los diez raquetazos sus plumas comienzan a abrirse. Si las jugadoras enfrentadas son las más potentes del torneo y emplean el drive como un látigo, el volante, lanzado a más de 300 kilómetros por hora, sufre. “Se despeina”, en la jerga de Carolina Marín, que conquistó el oro olímpico a brazo partido en un intercambio final que consagró a la india Sindhu como una competidora formidable y dejó sin aliento a los cinco mil espectadores que cargaron el pabellón de Rio Centro con la tensión de una fiesta de feria. Todos extasiados ante la sublime sucesión de volantes desplumados que la juez fue arrojando a la cesta de los desechos.

La campeona indostaní, Pusarla Venkata Sindhu, vástago de una familia de raigambre aristocrática de Hilderabad que se presentó en Río con una comitiva de dignatarios enturbantados, había sido la sorpresa del campeonato. A sus 21 años era dueña de una estatura y un remate propio de varón pero se distinguía sobre todo por su inmadurez. Nadie esperaba a la dulce Sindhu en tan altas instancias. Y, mucho menos, la esperaban así de crecida. Enfurecida. Brava. Dispuesta a hacerle frente a la española, blasonada con el cartel de favorita absoluta. Campeona del mundo en 2014 y 2015, y protagonista de un fenómeno contracultural en un país sin tradición.